Por Carlos Enrigue ZULOAGA
Éramos muchos y parió la abuela. Lo que faltaba, tronaron en la gran “Chilangostlán”, el pasado viernes, “un artefacto explosivo” -antes les decían bombas- y, además, el artilugio mató a un sujeto e hirió a tres. Un hecho absolutamente reprobable por todos conceptos, que esperemos constituya un hecho aislado.
Eso sí, nuestros políticos, como siempre, actuaron con la tradicional eficiencia. Antes de cinco horas, ya la SIEDO y seguridad del DeFe emitieron sendos boletines de prensa en los que afirmaron que “de acuerdo al modus operandi este hecho no es atribuible a grupos armados o subversivos”. Aquí lo interesante será considerar qué consideran nuestros ínclitos guardianes como grupos armados, porque, los mexicanos de a pie, por grupo armado podemos entender una pluralidad de seres que forman un conjunto y que tienen armas. Toda la semana pasada nos bombardeó la publicidad gubernamental con que habían arrestado a una bola de malos y que cuando menos en tres acciones habían detenido tres arsenales nunca vistos y a menos de que con estos decomisos hayan dejado “aráiz” a los cárteles yo sigo considerando que deben tener muchas armas. Y subversivo resulta sinónimo de perturbador y si una bomba no perturba pues ya no sé qué pueda hacerlo.
Joel Ortega, jefe de algo en la Capirucha, se deslindó diciendo que a ellos no les tocaba, pero como son “bien buenas gentes” estaban ayudando y que se trataba de un artefacto casero hecho de pólvora –cosa que los de La Jornada, tan afectos a poner en ridículo a nuestros gobernantes, establecieron que el explosivo había sido uno llamado C4 de uso militar que no se vende en nuestro país; por su parte el periódico Público publicó que era pentatrita con nitrógeno- pero el jefe agregó que fue activado por un teléfono celular y ahí me entró la recochina incredulidad, porque nada más no creo que haya mucha gente que sepa hacer eso y más difícil activarlo mediante llamada.
Imagine usted la escena: el muerto, que por lo demás parece ser el culpable perfecto, porque ni modo que proteste (supongo que si él iba a poner la bomba sabría de qué estaba hecha, puesto que él la había hecho en su casa), la llevaba en una bolsa, si lo hacía normalmente, lo haría con la mano derecha –la que perdió con la explosión– lo haría con cuidado, aunque por como se vio en el video traía la bolsa como si llevara tortas de Amparito.
Sin haberla puesto en su destino –las autoridades suponen la pondría en la Secretaría de Seguridad, que está a dos cuadras-, caminando y con la mano izquierda toma su celular, hace la llamada a un número que supongo conocía, sabiendo que entrando la llamada tronaba el artefacto. Como que no me suena razonable, a menos que el sujeto no haya sabido lo que traía en la bolsa y hubiera hecho la llamada a lo tonto u otro hizo la llamada. Pero ¿quién?
Ya se sabe que el muerto fue el culpable –curiosamente en los choques con fallecidos los muertos siempre iban manejando- y la chica herida, que aparece en un video previo, va a ser culpable en cuanto salga del hospital. Bastantes evidencias hay de que nuestros interrogadores son infalibles y que no hay quien se resista a sus métodos científicos, de modo que si así lo quisieran los torturados, perdón, los acusados, se declararían culpables de haber matado al Mar Muerto. Baste decir que un hermano del muerto fue a reclamar el cadáver y de inmediato lo arrestaron.
Al parecer esa bomba era para asesinar al que les había quitado los arsenales, cosa que parece creíble, lo que no me parece lógico es ¿por qué si tan buen resultado les ha dado matar gente con armas largas, ahora cambian a un terreno que parecen no conocer, como son las bombas?
¿Por qué nuestras autoridades no podrán decir la verdad?, o sea: que cuando algo suceda y no sepan, digan que no se tiene idea de lo que sucedió, que se va a averiguar.