HAY COMERCIALES QUE DE TAN MALOS SE HACEN BUENOS
Por Carlos Enrigue ZULOAGA
Guadalajara, Jalisco. Julio 23.- Es de sobra conocida mi fascinación por los avisos comerciales, ya sea que anuncien a la venta productos o actividades políticas. Y es que tradicionalmente son hechos con gran creatividad y algunos son muy buenos, por dar unos ejemplos aquel de “pan con lo mismo”, el de “el que nada debe, nada tiene” y el de “¿y la Cheyenne, apá? Algunos se acordarán de un anuncio muy viejo, obra maestra de la cursilería no me acuerdo de qué presidente de la oscuridad (debe haber sido Salinas), que festinaba carreteras y en él un joven llegaba a anunciar a un tal don Beto que llegaba la carretera y ambos lloraban de la emoción.
Hay otros anuncios que son tan malos que llegan a tener éxito precisamente por malos –en algún momento fueron catalogados por algunos “intelectuales” como la cultura camp-, de estos sobresalen los de algunos tintes de cabello para caballeros y casi todos los anuncios gubernamentales, que por cierto constituyen la mayoría de publicidad pagada, y si no me cree encienda su radio o su televisor.
Hace semanas me preguntaba a dónde irían los centavos confiscados a los megamalos y el gobierno, siempre atento a lo que los gobernados deseamos, sacó un anuncio diciendo que con los millones confiscados al Ye-Gon y otros malos se habían construido 300 unidades hospitalarias por todo el país –no cabe duda que los del gobierno son muy buenas gentes- y se gastaron 17,500,000.00 en cada una. Lo que yo me pregunto es si sería posible que de su dinero el gobierno federal (que tiene de presupuesto dos millones de millones de pesos) pudiera destinar el uno por ciento de su presupuesto para construir unidades hospitalarias, ya que con veinte mil millones –que es el uno porciento- se podrían construir más de un millón ciento cuarenta y dos mil unidades hospitalarias. Con lo que creo que quedaría solucionado en gran parte el problema de salud. A la mejor es mucho el 1% del total, pues pongamos entonces el 1% del costo de salarios de la burocracia federal y se construirían más de seiscientos ochenta y cinco mil unidades. O el anuncio miente o miente la sumadora que me prestaron o también pudo ser que el presupuesto aprobado mienta o el güey que metió los números a la sumadora, que fui yo, no sepa lo que hizo, o tal vez no sea correcto preguntarse en qué gasta sus dineros el gobierno.
Hay otros anuncios, estos pagados por el poder judicial federal, en el que buscan a gente que aparentemente no tiene idea de dónde vive y le preguntan si saben qué es el poder judicial, los actores contratados responden sandeces hasta que uno da con una respuesta razonable al manifestar que es el poder de los judiciales, lo que si bien no es cierto es lo más exacto. De ahí pasan a una pregunta más difícil y para gastar menos contrataron a menos actores a los que preguntaron si sabían la diferencia entre un juez federal y uno local. Desde luego a los que contrataron les dijeron que tenían que decir que no, pero yo, que soy muy vivillo, aunque no me contrataron sí sé la respuesta: la principal diferencia entre un juez federal y uno local es el sueldo, ya que el primero con menos trabajo gana como cuatro veces más que el juez local que tiene mucho más trabajo.
Como en todo, hay modas, y este tipo de anuncios que simulan entrevistas con gente común, desde luego contratada y pagada, están de moda. Hay uno de transparencia en la que entre otros sale un ranchero con un puño de papeles en la mano diciendo que ya le informaron cuánto recibe y cuanto gasta el gobierno, cuando es evidente, por las cantidades que se manejan, que ese informe no le cabe en una pick up.
Ojalá que los anuncios los pongan para gastar y no para hacernos tontos.